martes, 25 de febrero de 2014

Técnicas de masaje, es urgente que lo veas

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martes, 15 de octubre de 2013

Palabras de amor



Ayer me miró A. desde millones de kilómetros de distancia al sur conectados por una pantalla sostenida entre nuestras manos y me dijo: ¿y si no te lo digo no sabes que te amo? Por unos segundos me sentí confundida. Sí, sí lo sé, le contesté enojada y después de contener todo lo que podía, todo lo que quería decir, colgué.

No todos los días necesito escuchar que me ama. Hay días en los que necesito escuchar en que me quiere bajar los calzones y meterme la mano entre las piernas hasta sentirme húmeda, hasta que me venga. Hay días en los que necesito oírlo decir que me odia un poco por ser tan independiente y que detesta imaginarme riendo, hay otros en los que me gustaría que me dijera que extraña verme de lejos, especialmente cuando me siento a leer y estoy ausente…Y mi voz no te toca

The love words, la chanson del amour, ¿quién no necesita escucharla? incluso aquellos cuyo corazón destrozado los hace jurar que nunca-nunca-nunca volverán a amar, hasta esos, se detienen a escuchar palabras de amor. Las palabras de amor son la belleza de nuestros días, gotas de rocío en las flores de la madrugada, eternas aun con todo el tiempo encima, aun con la contaminación, el estrés, el tráfico de viernes, los trámites en Hacienda. Son únicas, aunque son las mismas desde que hace miles de años cuando alguien inspirado por una sombra las pudo articular. 

Las palabras invocan al amor, lo traen desde las ondas profundidades del inconsciente, le rascan la cabeza despertándolo y quizá por éso pareciera por unos minutos que es dócil, pero no nos andemos con calma sobre las aguas del amor, pues es un río crecido que pide vivirse con temeridad. 

Te amo.

martes, 3 de septiembre de 2013

viernes, 9 de agosto de 2013

???

No sé por qué, pero hay días que cada que me distraigo me encuentro a mí misma masturbándome.


jueves, 4 de julio de 2013

Sorpresa

Seguíamos acostados. Nos contábamos cosas del pasado de cada uno. Cosas que nos habíamos perdido por no habernos visto hace tiempo.

A mí me dio un poco de frío y me puse una playera aunque seguía con el culito descubierto. Tú estabas desnudo. A tí te encanta estar desnudo y a mí eso de tí también me encanta.

Veíamos el techo. Me contaste algo medio triste. No recuerdo exactamente qué de triste porque hubieron varias cosas más o menos tristes en nuestra conversación. Te pedí que te acercaras. Te quería abrazar. Te dije: ven. Y tu viniste. Te subiste arriba mío. Totalmente desnudo. Y ese abrazo que quería darte, en ese tono que era el tono A, digamos, cambió al tono B, digamos, de inmediato. Me sorprendí porque tenías una erección simplemente deliciosa. Deliciosa y certera como sólo puede serlo una erección. Me mordí el labio de abajo porque ¿quién puede con eso? Te subiste arriba mío. Te sentí y entreabrí las piernas mientras te abrazaba con cariño pero también prendidísima y con ganas de que me cogieras súper suavecito. Y así empezaste a hacer. Entreabrí las piernas y te dejé entrar en mí. Y te besé la boca y tú me acariciaste la cabeza y entre un silencio que extrañaba nuestros gemidos, entraste y nunca más saliste.

Tanto no has salido que hoy, todavía, me masturbo pensando en eso.

viernes, 21 de junio de 2013

El secreto de tus calzones

Valeria se empezó a reír, en un principio así como que no queriendo, después a carcajada franca. Me miraba de reojo. ¿Qué? Nada rumi, te tengo que decir algo. ¿Qué? Es que unos amigos, ésos que son tus fans, me confesaron algo. ¿Qué? Pues ya bien pedos entraron a tu cuarto y olieron tus calzones. ¡¿QUÉ?! (muchas risas) Sí, ya les dije que se pasaron de lanza. ¿Cómo te sientes al respecto?

sábado, 18 de mayo de 2013

Extraños pero no ajenos

A mi pueblo viajo ligera. Esta vez me puse los zapatos rojos y un pantalón gris metálico que se me cae de la cadera; con la mochila cayendo de un hombro, me detuve frente a mi asiento vacío (siempre pido pasillo porque voy mucho al baño) y sonreí brevemente al joven de cabellos chinos y mirada tierna quien me sonrío francamente al ver que yo sería su compañera de ruta. Inició el vaivén de las miradas. La ausencia de palabras arraiga los gestos y los hace firmes como signos de puntuación. Ricitos de oro con el ojo derecho leía y con el izquierdo observaba cómo sacaba prendas de mi mochila con tal de no pasar frío. (Si alguien del futuro está leyendo esto permítame hacer una aclaración: durante los trayectos en camión es costumbre sabida que los choferes hacen del aire acondicionado su manera de mantenerse despiertos). Ya que saqué mi arsenal de chales, suéteres, calentadores, intenté subir mi maleta a la estantería pero pesaba demasiado porque además de la computadora siempre llevo libros a pasear a Jalapa, Ricitos de Oro se compadeció de mi y dejó su Proceso en el asiento para cargar mi mochila. Sonreí de nuevo, brevemente, será porque últimamente pienso que un chico tiene que librar batallas con mis otros yo antes de ganarme unas cuantas palabras. Después de un rato de seguir unos tacones corriendo en una película de acción bastante disfrutable, me quedé dormida. Cuando abrí un ojo estaba recargada en mi costado y Ricitos de Oro estaba dormido con su cara frente a la mía compartiendo un momento de intimidad, permaneciendo extraños pero no ajenos. Qué sutiles diferencias. Abrí el otro ojo un poco acalorada por la situación y giré mi espalda para ver si así Ricitos de Oro dejaba de buscarme las palabras no dichas entre los sueños y sucedió algo que nunca pensé que pasaría: Ricitos de Oro recargó su espalda contra la mía y me sentí abrazada como en un cuchareo invertido que disfruté, como se gozan las horas compartidas con los amigos de toda la vida. Justina